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Al margen de la
explicación científica, uno se imagina al poderoso Zeus quebrando
con violencia las piedras con la fuerza de sus rayos y creando así
este fantástico paraje. La combinación del bosque rocoso y el bosque
animado nos sugiere una atmósfera propia del mito, recreando la
sinfonía pétrea y la magia de los colores del lugar. Nos invade una
sensación de habernos trasladado a otro mundo, en el tiempo y en la
distancia. Pero no queda la acción del hombre al margen del divino
cincelado del lugar. |
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Allá por el siglo X d.C.
se empezaron a dar los primeros brotes de eremitismo, pues el
enclave facilita las condiciones idóneas para la vida ascética. Los
eremitas vivían en las cuevas de las rocas y en chozas al pie de los
peñascos, acudiendo a una iglesia central donde se reunían los días
festivos y domingos, iglesia llamada ‘Santa María de la Fuente de la
Vida’ (‘Panayiá Zoodojos Piyí’), que aún hoy en día se mantiene en
pie desde el siglo XI, así como los frescos que decoran su interior.
Esta forma de vida eremítica declinaría en el siglo XIV, cuando al
lugar llega el prelado San Atanasio ‘Meteorito’, quien le da nombre
al lugar y funda la primera orden monástica que se asentaría en
Meteora. |
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En su época dorada, el
territorio llegó a contar con veinticuatro centros donde se
desarrollaba la actividad monástica, si bien hoy solo continúan
habitados seis de ellos, el monasterio de la Metamorfosis o Gran
Meteoro, el de San Nikolas Anapafsas, el de Roussanou, el de la
Santa Trinidad, el de San Esteban y el de Varlaam. Pero no todo
fueron tiempos de benevolencia. Tras la llegada de los turcos a
Tesalia, en el ano 1390, se sucedieron una serie de hechos bélicos
que sacudieron la vida normal de los monasterios. Durante los dos
primeros siglos de ocupación otomana, los monasterios contribuyeron
a la convivencia pacífica pagando los impuestos que estaban
establecidos con los invasores. |
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Pero en el ano 1609 tuvo
lugar una revuelta en la cercana ciudad de Lárisa encabezada por San
Dioniso el Filósofo, a quien los turcos llamaban ‘perrósofo’. Al ser
San Dioniso un hombre de la iglesia, los turcos atacaron monasterios
y edificios eclesiásticos, muchos de los cuales eran de gran
importancia. De entre estos monasterios, el denominado ‘Gran
Meteoro’, centro neurálgico de Meteora, fue atacado en dos
ocasiones, en 1609 y en 1616. En ambas pasaron a cuchillo a
numerosos monjes y en la vez segunda quemaron la sacristía de la
iglesia y destruyeron las celdas de los monjes. |
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Pero la rebelión más
importante fue la acontecida a principios del siglo XIX, encabezada
por el padre Efthimios Vlajavas, un rebelde local, quien tuvo como
base de operaciones el monasterio de San Demetrio en Meteora, hoy en
ruinas. El padre Vlajavas fue traicionado y secuestrado por Alí
Pashá, sultán de Ioánina, y el monasterio de San Demetrio fue
bombardeado hasta quedar reducido a cenizas, mientras que los monjes
de los monasterios de San Demetrio y del Gran Meteoro fueron
encarcelados en la ciudad de Ioánina. El padre Vlajava, héroe y
mártir nacional, pagaría por su osadía de enfrentarse contra el
poder del sultán y sería
cortado en cuatro
pedazos para evitar rebeliones futuras. Pero no cejarían en su
empeño estos monjes guerreros, que seguirían apoyando la causa
griega en otros enfrentamientos, contra los búlgaros en las Guerras
Macedonias a principios del siglo XX, o durante la ocupación
italiana que tuvo lugar en la Segunda Guerra Mundial. |
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Grabados, tapices y
otras imágenes recogen estos episodios de la historia de Meteora en
el museo del Gran Meteoro, centro administrativo de los monasterios
habitados, a 613 metros de altura sobre el nivel del mar y a 415
metros de altura sobre el lecho del río Peneo. El monasterio también
es llamado de la Metamorfosis, por estar consagrado, precisamente, a
la Transfiguración de Jesús. No en vano, el Gran Meteoro está
levantado en el punto más en comparación con el resto de edificios
que se erigen en Meteora, en clara metáfora a la Transfiguración de
Cristo, que tuvo lugar en lo alto de un monte. Una magnífica
construcción constituye la iglesia central denominada Katholikón,
considerado como un regio ejemplo del segundo o tercer periodo de la
arquitectura bizantina. En su interior podemos admirar el fresco que
representa el pasaje evangélico en el que Jesús sufre la
Transfiguración, volviéndose sus vestidos blancos y resplandecientes
ante los ojos de los apóstoles Santiago, Juan y Pedro, momento en el
que también se manifiestan Moisés y Elías. |
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Al margen de la iglesia,
el monasterio cuenta con recintos de gran interés, como el antiguo
refectorio, donde los monjes se reunían para comer, la antigua
cocina, el osario, dos museos, y las celdas de los monjes. Unas
vistas impresionantes se nos ofrecen al asomarnos desde las terrazas
del monasterio. Unas alturas sacras cuyos cielos son surcados
frecuentemente por numerosas aves, como la grajilla, o la corneja
cenicienta, córvido propio del este de Europa. |
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